Ella dobló su odio (el de él)
como a una camisa
lo puso sobre la mesa
de madera
boca abajo,
planchó con firmeza
con las dos manos abiertas.
Comenzó por uno de los lados
Estirando bien al medio,
ruborizada de placer
metió la manga hacia adentro
el puño bien cerrado y siguió el otro extremo.
La noche empujaba a entrar las sombras por la ventana
Y ella encendió todas las luces de la casa.
Siguió aplastando la tela sin prisa
apoyando todo el peso de su cuerpo
en cada doblez para marcarlos bien
perfumó los botones
con un rociador
guardó la prenda en
una bolsa transparente
y la acomodó en la parte más alta del placar.
Ella colgó un cartel en la puertita de madera
con el epitafio “ Aquí yace el
odio
Lejos de mí, que descanse en paz”
Y esa noche reinó el amor
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